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miércoles, 28 de mayo de 2008

Don Toribio

A primera vista, se hubiese pensando que Toribio Álvarez Villanueva, de 74 años de edad, estaba cruzando el mercado municipal de Usulutan, El Salvador. Calzado con zapatos burros de la marca salvadoreña ADOC, su sombrero de palma y su bolsa como las que se llevan al campo a trabajar, daban un aspecto muy singular a la fisonomía del anciano. Con el peso de sus años caminaba lentamente, sin ninguna ayuda, como un pato enfermo. Estaba haciendo trasbordo en el Aeropuerto Internacional Dulles de Washington, D.C., y regresaba a casa en mi mismo vuelo del Grupo Taca 583. Inmediatamente me percaté que necesitaba ayuda para encontrar la puerta de embarque, después de pasar los controles migratorios del aeropuerto, repleto de oficiales de migración que siempre llevan consigo una mirada fría y soberbia; perros que buscan drogas y explosivos en las maletas de los viajeros. Iba delante de mí, y le hicieron (aunque no lo crea) quitarse los zapatos y el cinturón con una hebilla de metal. También le hicieron abrir su humilde bolsa donde llevaba unos pequeños regalos para sus nietos.
Por causalidad su asiento estaba a la par del mío, a la izquierda, en la fila 4, y mientras escuchábamos atentamente las últimas instrucciones de seguridad que daban los sobrecargos, me preguntó si yo también era salvadoreño como él y si regresaba a casa. ¡Todos los que íbamos en ése avión éramos salvadoreños! Unos venían deportados de Estados Unidos, otros regresaban, después de muchos sacrificios, a pasar las vacaciones con sus familiares, otros traían encomiendas, los llamados encomenderos, unos pocos venían por negocios, y otros no sabían por qué regresaban. Mientras el Airbus 319 iba en fila india para entrar en pista para despegar, detrás de otros aviones, unos que iban a París, otros a Londres, le pedí a Toribio que se abrochará el cinturón de seguridad, mientras yo trataba de cerrar los ojos porque me estaba muriendo del sueño. Había volado desde Barcelona hasta Washington, D.C. en Air France, y estaba continuando mi viaje en Grupo Taca. Tenía muchas horas de vuelo encima. También el señor Toribio. Me dijo que venía de un pequeño pueblo de Estados Unidos que no sabía cómo pronunciar y que había estado ahí por 5 meses con sus dos hijos quienes querían tenerlo por un año, lejos de Mercedes Umaña, donde había nacido y vivido toda su vida. Nació en el campo y ha vivido del campo desde niño, y no tuvo ningún problema para tramitar la visa para visitar a sus dos hijos que se habían ido a Estados Unidos a principio de la guerra civil que azotaba al país en los ochentas. No fue necesario ir personalmente a la Embajada de Estados Unidos en San Salvador, solamente envió su pasaporte y el pago. Con un tono de orgullo y triunfo, me dijo que sus dos hijos eran ya ciudadanos estadounidenses.
Le dieron la visa por 10 años mientras que miles de salvadoreños, hombres y mujeres, jóvenes y dispuestos a aceptar cualquier trabajo que les supongan ingresos que no pueden obtener en su tierra, al no conseguir un visado, arriesgan todo para cruzar tres fronteras y poder llegar a la “tierra dorada”; bastantes lo logran, otros mueren en el camino y otros miles regresan a casa con los bolsillos vacíos y las ilusiones hechas pedazos como vidrios rotos. A estos, los que logran llegar, el gobierno de Estados Unidos, por una razón extraña, les llama ilegales; otros pelean por llamarles indocumentados.
¿Qué le pareció los Estados Unidos? le pregunté con mucho respeto contemplando su tez morena, pelo blanco y las arrugas de su cara, caminos que había marcado el paso del tiempo ayudado por el ardiente sol del campo. No conocí nada, me dijo con una voz melancólica y prosiguió diciéndome que había estado como en una cárcel, encerrado todo el día porque sus dos hijos se iban a trabajar muy de mañana y no regresaban hasta muy entrada la noche. Para distraerse, me contó, miraba la televisión en castellano y también en inglés aunque no entendiera nada, y salía al patio de la casa, pero nunca conoció a los vecinos. Cuando sus hijos descansaban, lo sacaban de paseo. En los Estados Unidos no se conocen a los vecinos me comentó como una gran verdad que había descubierto en su primer viaje al país de las maravillas. Su radiante mirada confirmaba que estaba alegre de regresar a casa. Me dijo que se tuvo que hacerse el enfermo para que sus hijos le permitieran regresar a El Salvador. Evidentemente, ellos eran felices al tener a su padre en casa, pero el anciano no pudo lograr estar tan distante de su casa, de sus gallinas, de sus vacas y de sus otros hijos y nietos. Había procreado 10 hijos en total, y solo 6 sobrevivieron a las desgracias que suelen acompañar a los pobres en el campo.
Mientras comíamos los bocadillos calientes que nos sirvieron, me dijo que en Usulutan ha sido feliz. Le pregunté por su esposa, y me dijo que había estado acompañado tres veces, pero solo me habló de Esperanza Aguirre.
Esperanza era una chica muy guapa. Sus ojos claros adornaban su linda cara joven y sus grandes pestañas negras. Estaba entrando en una etapa muy importante y significativa en su vida, y como una flor que atrae a las abejas, ella atraía un enjambre de pretendientes. Tenía 16 años cuando aceptó ser novia de Toribio. Una vez, cuando se casaba el mejor amigo de Toribio, en plena fiesta al son de la música, ella aceptó escaparse con Toribio y ser su mujer, huyendo de su familia. El padre de ésta prometió matar a Toribio con su machete, y lo persiguió por tres meses, buscándolo por todos los confines posibles y a todas horas. Toribio y Esperanza tuvieron que salir de Mercedes Umaña y pasar sus primeros días juntos escondidos en casa de un primo materno de éste, en tercer grado, que vivía en un pueblo a 37 kilómetros de distancia.
Al pasar el tiempo y consumada la furtiva luna de miel, Toribio regresó a su casa y aceptó casarse por las buenas con Esperanza Aguirre para apaciguar la furia de su suegro. A falta de un párroco, pidió al alcalde del pueblo que los casará, y éste dijo no tener tiempo, sin embargo, después de muchas suplicas por parte de Toribio, aceptó casarlos un sábado por la tarde en la misma casa de Toribio. Dio hora y fecha para celebrar el matrimonio civil de los dos jóvenes. Toribio invirtió grandes recursos para casarse con todos los tambores posibles. Me dijo que para la comida de la boda, se sacrificaron 30 gallinas y un cerdo, ofreciendo una variedad de platos y mucho aguardiente. Todo se hizo a la medida posible para agradar a los invitados y complacer a la novia. Pero a la hora prevista para celebrar el matrimonio, el alcalde había sido arrestado por un tal coronel que lo acusaba de haberle robado 15 vacas. El coronel era dueño de un gran número de vacas y toros que se alimentaban en las praderas fértiles de Mercedes Umaña. El alcalde fue trasladado al cuartel de la Ciudad de Usulutan, arrastrado violentamente por 20 soldados que habían sido enviados por el coronel, armados hasta los dientes. Era el tiempo cuando gobernaban los coroneles en El Salvador. Con una sonrisa triste me dijo Toribio que no se celebró la boda porque no había ninguna autoridad competente para que lo casare con Esperanza Aguirre, aparte del señor alcalde. Sin embargo, hubo fiesta y mucha comida y bebida, y lo más importante para él, logró sosegar a la fiera de su suegro. Una vez que había terminado de narrar el desenlace de aquella interrumpida boda, después de una breve pausa, se llevó la mano derecha al pecho y me dijo que llevaba los recuerdos que había vivido con Esperanza Aguirre muy profundo en el corazón. Una lágrima rodó suavemente por su mejilla.
Habían transcurrido ya tres horas de vuelo, y de vez en cuando, el capitán de la nave anunciaba “Les hablas el Capitán Peña..., en estos momentos estamos pasando... los que van en la ventana izquierda tienen una linda vista de la ciudad...” palabras que hacían brillar aún más los ojos negros del anciano. Le pregunté cómo se sentía, si quería algo más de bebida mientras pedía personalmente un trago de Ron Bocardi con hielo, a falta de un buen whisky escocés. Me dijo que había dejado la bebida, y un trago le podía quitar la vida. Me confesó que nunca pudo controlar la bebida, es decir, beber socialmente. Intentó pedir un fresco de horchata, pero se conformó con una Coca Cola.
Faltando media hora para aterrizar en El Salvador, volando ya por Honduras, me ofrecí a llenarle los formularios de migración. Con pena y vergüenza, Toribio me había confesado que no sabía leer ni escribir. Le dije que tenía que contestar todas las preguntas en los formularios para no tener problemas al ingresar a El Salvador. Empezamos por las más simples, es decir, nombre, edad y domicilio. Cuando le pregunté, repitiendo la pregunta del formulario, si traía consigo más de $10,000, Toribio sonrió dulcemente y luego, me interrogó con una mirada fría que quería saber si le estaba faltando al respeto que se merecía a su edad. Le dije que no era invento mío, que la pregunta estaba escrita en el formulario. Luego me dijo que lo único que traía era unos cuantos dólares, los cuales no llegaban a 600, que sus hijos le habían dado: un viejo cómo él ya no podía conseguir trabajo en ninguna parte para llevar consigo esas sumas de dinero.
Acompañé a Toribio hasta la salida del aeropuerto, dirigiéndole en todo el proceso de aduana. Una vez afuera, una multitud de parientes y vecinos, en caravana, habían venido en coche a encontrar a Toribio. Llegó al aeropuerto como una estrella y lo esperaban como esperan los fanáticos del fútbol a un Ronaldo o a un Ronaldhino. Después de ver la conmoción de los familiares, de observar que lo abrazaban y lo besaban con pasión, y las lagrimas de alegrías que se derramaban sobre el anciano y las del anciano sobre la multitud, esperé unos minutos para saludar cortésmente a los familiares y despedirme de Don Toribio.
Dejé a Don Toribio y cogí un taxi directamente a San Salvador. Era muy tarde y el cielo gris anunciaba una tormenta muy fuerte de invierno.
©2007 Manuel García

Todo el mundo merece tener un libro

En el Boulevard Constitución existe una pequeña barbería. Cada vez que visito El Salvador, y si necesito cortarme el pelo o arreglarme la barba, no dudo un instante para acudir ahí. Es un lugar limpio y muy agradable, a pesar de que está en la esquina de una calle muy transitada.
El barbero es un hombre de unos cincuenta años. Una vez, mientras me cortaba el pelo, me preguntó qué estaba leyendo. Le dije que estaba por terminar de leer El Conde de Montecristo de Alejandro Dumas. Nunca había escuchado hablar del escritor francés. Le sorprendió el tamaño del libro.
¿Qué lee usted?, le pregunté, considerando que había demostrado un interés por mi libro. Nunca he leído un libro, me dijo, aparte de las Sagradas Escrituras y unas cuantas revistas religiosas.
A través de un espejo, pude ver detalladamente las facciones del señor barbero. Se podía ver que era un hombre de pocos recursos, y que le hubiese gustado haber nacido en un mundo lleno de libros. Mientras terminaba de cortarme el pelo, continuó diciéndome, leer libros en El Salvador es muy caro.
Ciertamente. Los libros en El Salvador son muy caros, y casi no se puede obtener buenos libros. Son pocas las librerías, y no existe una red de bibliotecas públicas. Muchos de mis amigos me encargan libros que no pueden obtener en El Salvador.
La mañana siguiente, mientras me dirigía al aeropuerto, le dije al taxista que se detuviera enfrente de la barbería. El barbero se alegró en verme venir. No se imaginaba que regresaba para dejarle El Conde de Montecristo. Léalo y la próxima vez que venga a cortarme el pelo, dígame que le pareció, le dije sabiendo que estaba dando una oportunidad a un compatriota para que pudiese vivir un mundo maravilloso y fantástico, que debería estar al alcance de todos.
¡Qué libro! ¡Qué historia! me dijo la próxima vez que fui a cortarme el pelo. Hablaba como un niño, con una alegría que hacía brillar sus ojos. Todavía iba por la página 400 del libro, pero estaba viviendo como propia la venganza del personaje de la novela. 14 años estuvo en la cárcel por un crimen que no cometió, me dijo, dándome los detalles del libro cómo que yo no lo hubiese leído.
¿Y sabía que también hicieron una película?, me preguntó. ¿Vio la película?, le pregunté. No, me dijo, uno de mis clientes se admiró que yo estuviese leyendo este libro, y me informó que hasta una película habían hecho sobre la historia.
La historia se pone mejor, le dije, siga leyendo. El señor barbero tardó tres meses en leer El Conde de Montecristo. Pero nunca olvidará en su vida la historia. Yo tampoco olvidaré la alegría que detonaban sus ojos por haber leído una de las obras maestras de todos los tiempos.
¿Cuándo podrá El Salvador tener una red de bibliotecas públicas para que todo el mundo pueda leer un libro gratis?
Mientras suceda eso, es necesario que todos los salvadoreños se detengan en pensar en el impacto que tuvo un libro en la vida de un barbero.
©2007 Manuel García

El Gato Muerto en El Salvador

El gato negro había sido atropellado en una calle polvorienta a la salida de un pueblo salvadoreño. Por el mal olor que traía el viento, todo indicaba que llevaba muerto varios días. Como suele suceder cuando muere un animal en la calle, nadie había decidido enterrar el gato. Pregunté a una persona cuya casa estaba enfrente dónde estaba el gato muerto, por qué no lo había enterrado. No es mío, me dijo, cómo que el olor no le molestase.
Resulta absurdo que alguien no se haya molestado en enterrar el gato muerto. Muchas veces las personas esperan que alguien haga las cosas por ellas.
De igual forma, hace tiempo que en El Salvador el gato está muerto, y nadie se ha molestado en enterrarlo. Es imposible seguir viviendo como que el mal olor no nos afectará.
El mal olor proviene de varias partes. El nivel de violencia contra la población sigue en aumento. Las pandillas siguen aterrorizando a poblaciones enteras. Roban, extorsionan, violan y matan a mujeres y niñas. Se burlan de la justicia.
La gente no tiene confianza de que sus vidas mejoren en los próximos años. Los políticos están cada vez más alejados de la gente. Hay pocas oportunidades para los jóvenes. El salvadoreño sigue pensando que su futuro está en emigrar hacía Estados Unidos, y no en El Salvador.
El sistema judicial hace tiempo que está agonizando. La corrupción no reconoce partido político. Es como una enfermedad crónica, como el cáncer que mata a pobres y ricos. La justicia salvadoreña ha sido incapaz de procesar a la gran mayoría de funcionarios corruptos. De vez en cuando, las autoridades le dan un golpe al crimen organizado. Meten a la cárcel un criminal como Mario Belloso o Carlos Perla.
Acciones tímidas contra el crimen organizado es como echarle polvo al gato y esperar que deje de echar peste. No existe ningún político en El Salvador que esté resuelto a enterrar el gato muerto.
Muchos nos hemos acostumbrado a vivir con el mal olor de las instituciones públicas. Seguimos votando por el mismo partido a pesar de que algunos de sus líderes se comportan de una manera nefasta. Ningún partido político se escapa. En cada partido político existen personajes como Francisco Merino, persona célebre por emborracharse y luego disparar a un policía, y después no tener ningún problema en re-elegirse como diputado a la Asamblea Legislativa.
Hemos llegado a tal grado de indiferencia, que no exigimos energéticamente que se aclarezca la muerte de los tres diputados salvadoreños y su motorista quienes fueron masacrados vilmente en Guatemala el 19 de febrero del 2007.
Salvadoreños, compatriotas todos, ¿hasta cuando vamos a enterrar el gato muerto que yace en la calle polvorienta de El Salvador? Es inútil esperar que vengan otros a hacer el trabajo por nosotros. Es necesario que todos los salvadoreños empiecen a exigir a los políticos que se dejen de demagogia barata que no ayuda a nadie. Tomar una actitud indiferente, decir que el problema no es mío, es ignorar que todos estamos recorriendo el mismo camino polvoriento.
©2007 Manuel García

La Triste Historia del Metro de San Salvador

En noviembre del 2004, unos altos ejecutivos japoneses se reunieron en Casa Presidencial para presentar la tecnología maglev, la cual permite que un tren se mueva a través de unos sistemas magnéticos que lo empujan a más de 400 kilómetros por hora. Los trenes convencionales se mueven a través de ruedas.
A la reunión, aparte del Presidente, asistieron la Vice Presidenta, el Ministro de Obras Públicas, el Presidente de CEPA, entre otros. Todos sabían que la reunión era informativa ya que El Salvador no se puede dar el lujo de construir un sistema de transporte usando la tecnología maglev. Los ejecutivos japoneses lo sabían, pero querían hablar, entre otras cosas, sobre el futuro del transporte en El Salvador.
Yo había pedido la reunión para los ejecutivos japoneses porque estaba trabajando con ellos en otros proyectos. Fue una reunión extraña.
¿Por qué digo esto? En la reunión se mencionó que el Alcalde Mario Valiente tuvo la acertada idea de proponer un metro en San Salvador. Alguien preguntó por el mapa del trazado que había propuesto el Alcalde Valiente, pero nadie tenía una idea clara del proyecto. Fue archivado en algún lugar. El Ministro de Obras Públicas fue a informarse de la tecnología maglev. Los japoneses pidieron más información sobre la propuesta del Alcalde Valiente.
Al salir de la reunión, yo acompañé a los japoneses a recorrer San Salvador. Durante el recorrido les expliqué en detalle los problemas que existen para resolver el problema de transporte en el Gran San Salvador: El principal problema son los políticos.
En cada elección presidencial o municipal, siempre sale alguien diciendo que se tiene construir el metro. Pero una vez pasadas las elecciones, la gente se queda como mi abuela en San Miguel esperando que el Alcalde Wil Salgado ponga fondos para pavimentar la polvorosa calle que hace la vida imposible en el verano. Wil Salgado ha dicho que hay planes para pavimentar la calle, pero no dice cuando, si en éste siglo o el próximo.
Rodrigo Ávila, candidato a la Presidencia por ARENA, ha dicho que se tiene que construir un metro aéreo al estilo Miami. No sé si él ha estado bastante tiempo en Miami, o si sabe lo que está diciendo. Son las cosas que se dicen en El Salvador cuando uno está en campaña.
Construir un subterráneo o un metro aéreo en el Gran San Salvador sería igual de caro como sacar agua en el desierto de Sahara. Lo más práctico sería construir un tranvía al estilo Lisboa o Estambul, ciudades con sistemas de tranvía que permiten al tren circular sobre trazados de rieles en las mismas calles. Barcelona, una de las ciudades con el mejor sistema de transporte en Europa, está construyendo más líneas de tranvía.
Aunque siempre se diga que el problema es el dinero, existen otros obstáculos que hacen imposible que el Gran San Salvador tenga un sistema de transporte eficiente, moderno y económico. Ya mencioné los demagogos políticos. Hay que añadir que estos lobos siempre andan acompañados con la mafia de los transportistas.
La política de transporte en El Salvador está controlada por los dueños de autobuses que actúan como caciques al no permitir que se implementen políticas racionales de transporte. Además de ésta plaga, hay que también añadir la polarización partidaria.
Existe otro culpable en ésta triste historia del metro de San Salvador. El sector empresarial ha demostrado poca seriedad y liderazgo para pedir que se mejore sustancialmente el sistema de transporte. ANEP y otras gremiales empresariales deberían exigir que un sistema de tranvía que permita viajar desde Soyapango hasta Santa Tecla, desde San Marcos hasta Apopa, sea financiado por el Estado Salvadoreño.
Un tranvía que circule por la Avenida Roosevelt o por el Boulevard de los Héroes traerá bienestar al Gran San Salvador en un plazo inmediato a un precio que todos los salvadoreños podamos pagar y sentirnos orgullosos.
En un año de elección presidencial, habría que preguntarles a los candidatos cuando esperan que el Gran San Salvador tenga un sistema de transporte moderno, eficiente y seguro. ¿En éste siglo o el próximo?
© 2008 Manuel García

Le Nom de Guerre; los viejos hábitos

Nunca he hablado con el señor José Luís Merino, conocido por su nom de guerre, “Ramiro Vásquez”. Gente que lo conocen en El Salvador aseguran que él es una persona que le gusta trabajar en la clandestinidad. José Luís Merino es una de las personas más influyentes en el FMLN, y maneja las cuatro letras de su partido para avanzar sus proyectos políticos e ideológicos.
El mundo de la inteligencia muchas veces fabrica historias y dice cosas que no son verdad. El objetivo es difamar, crear dudas o derrocar gobiernos legítimos. Basta con señalar el caso de Salvador Allende en Chile.
He leído con detalle la noticia dónde se dice que José Luís Merino se ofreció ser interlocutor entre un vendedor de armas Australiano y la FARC de Colombia. Además, de que dos representantes ánimos del FMLN pidieron $3.5 millones a cambio de facilitarle a la FARC el uso del territorio salvadoreño. Es decir, dejar que la FARC se mueva como Juan por su casa como lo hace en Venezuela, Ecuador y Cuba.
Dicha información fue obtenida en los portátiles que llevaba el Comandante Raúl Reyes de la FARC cuando fue bombardeado en Ecuador el 1 de marzo del 2008. Raúl Reyes era el número dos de la FARC.
La INTERPOL ha dicho que la información es auténtica, es decir, que nadie la ha manipulado desde que se encontró en los portátiles del Comandante Raúl Reyes.
Obviamente, las acusaciones son graves. José Luís Merino es un líder político que representa la principal fuerza de oposición en El Salvador, que busca gobernar el país. Además, es representante al Parlamento Centroamericano.
Es obvio también que ARENA sacará ventaja política de la noticia. Así es la política. Pero más allá de la ventaja que pueda sacar ARENA de la información que se ha encontrado en los portátiles de un comandante de la FARC asesinado en suelo Ecuatoriano, es sorprendente cómo Mauricio Funes, candidato a la Presidencia por el FMLN, ha reaccionado al escuchar las acusaciones.
Primero el señor Mauricio Funes ha restado credibilidad a la noticia. Segundo, no ha dicho lo que debería decir en tales circunstancias: que se llegue hasta el fondo para investigar la veracidad de la noticia, sin importar el coste político.
José Luís Merino no es un niño, y debería saber de que si quiere que el FMLN gane, necesita olvidarse de los viejos hábitos que le dieron su nom de guerre.
La FARC es un grupo terrorista que mantiene a 10,000 personas cautivas, la mayoría personas civiles. Es un grupo que se financia con el dinero del narcotráfico. Es un grupo que asesina a civiles sin piedad. ¿Cómo puede alguien en El Salvador defender a la FARC o asociarse con ella?
Si la información es auténtica y veraz, entonces, esto es el principio de una larga batalla legal y política que el FMLN tiene que dar.
Y es aquí dónde las principales fuerzas políticas salvadoreñas se enfrentaran en una guerra de acusaciones e insultos. El FMLN dirá que todo esto es un montaje, un show, una estrategia más de la derecha para mantenerse en el poder. Por otro lado, ARENA volverá a repetir la misma historia, que el FMLN tiene nexos con grupos que no benefician en ningún modo al país, bla bla bla, etc. En la guerra de acusaciones e insultos, las propuestas para sacar al país adelante quedarán relegadas a un tercer o cuarto plano.
En este escenario adverso, Mauricio Funes debería dar señales inequívocas que tiene criterios propios, y más importante, que tiene suficiente independencia de los comandantes en el FMLN para pedir que se investigue a fondo las acusaciones.
Los servicios de inteligencia de Colombia rescataron los portátiles que llevaba el Comandante Raúl Reyes de la FARC. ¿Quién más podría tener acceso a esos portátiles? Los servicios de inteligencia de El Salvador también deberían tener acceso esa información, así como los servicios de inteligencia de otros países, tales como Estados Unidos e España.
Ya sea auténtico o falso, se empieza a desvelar el contenido de los correos electrónicos que implican al FMLN con la FARC. Varias personas ya han sido arrestadas debido a la información que se encontró en esos portátiles.
Es posible, también, que pronto Estados Unidos ordene el arresto de José Luís Merino por conspirar con la FARC. ¿Será posible? Su nom de guerre ha sido Ramiro Vásquez. Sus viejos hábitos lo podrían llevar a la cárcel.
© 2008 Manuel García

viernes, 23 de mayo de 2008

Tener el Derecho a Expresarse Libremente

Al terminar mis estudios en Ciencias Políticas en la Universidad de California en Berkeley, Estados Unidos, me pareció que los años de escuela habían pasado bastante rápido. Es decir, cuatro años para terminar una carrera universitaria, leyendo toda clase de libros para salir a la calle a buscar un trabajo. Después de haberme graduado de la universidad, y haber estudiado en España otros dos años, la escuela me ha hecho un hombre más completo: Soy dueño de mis propias ideas.

Existen ciertos derechos que el hombre tiene que defender a capa y espada, y uno de estos derechos es poder expresarse con plena libertad sin ser intimidado. Este es un derecho infalible, como es el derecho a votar libremente, a tener acceso a los servicios más básicos.

Al escribir una columna de opinión, soy consciente de que no todo el mundo estará de acuerdo con mis planteamientos. Sin embargo, el trabajo de un columnista es incitar al debate responsablemente para mejorar las condiciones de vida de las personas.

En este periódico, he denunciado la plaga que retrasa el progreso de El Salvador: ya sea la corrupción, ya sea la impunidad, ya sea la falta de oportunidades económicas, ya sea la precaria situación de nuestras escuelas, ya sea el abuso de algunos monopolios, etc.

Mis padres siempre me dijeron: Si quieres que te respeten, respétate a ti mismo. Como observador, necesito hablar con todas las fuerzas políticas y económicas del país, sin embargo no puedo ser adulador de ningún partido político o grupo financiero.

Desde esta tribuna, es necesario señalar dónde está el cáncer que mata a nuestro pueblo, y a la vez decir dónde está nuestra fortaleza que puede combatir esa enfermedad. Al no estar ligado a ningún sector político o económico, como salvadoreño voy a continuar diciendo lo que tiene que cambiar.

En muchos países, tales como Rusia y China, periodistas y columnistas son asesinados o encarcelados por decir la verdad. Aunque no hemos llegado a tales extremos en El Salvador, muchos periodistas encuentran que hacer su trabajo está resultando más difícil, especialmente
si se trata de poner el dedo donde está la llaga. Investigar sobre la corrupción, el narcotráfico, etc., podría resultar peligroso en El Salvador. El periodista salvadoreño no dispone de los medios para realizar periodismo investigativo. No obstante, miles de hombres y mujeres ponen
sus vidas en riesgo para decir la verdad en El Salvador.

Sin ser presuntuoso, al escribir esta columna, lo hago con honestidad, humildad, y sabiendo que mis ideas son propias, las cuales certifico con © de derechos reservados. Mi experiencia profesional como asesor de negocios en El Salvador, Estados Unidos y España, ha contribuido a cementar mi fuerte convicción de que el hombre tiene que luchar para ser libre, y tal lucha pasa por apartarse de la demagogia política, de los intereses personales, de la vanidad de afirmar que solo existe una sola verdad, la propia.

© Manuel García

El Precio de la Comida


Era obvio de que la crisis alimentaria iba afectar a El Salvador ya que el país dejó hace tiempo de abastecerse a sí mismo. Lo que come el salvadoreño generalmente se produce en otro país: frijoles de Nicaragua, maíz de Estados Unidos, patatas de Guatemala, arroz de Honduras, etc. No hay que ir muy lejos para comprobar lo que estoy diciendo, solamente hay que leer el origen del producto que se consume en casa. Es poco lo que se produce en El Salvador.
La noticia de que el mundo sufre una crisis alimentaria no es nueva. La voz de alarma la han venido dando varios organismos internacionales, incluyendo las Naciones Unidas, el Fondo Internacional, el Banco Mundial, etc. Lo que sorprende es que los políticos salvadoreños no hayan tomado medidas para asegurarse de que la familia salvadoreña no sufra directamente la crisis alimentaria. Ya de por sí, la familia salvadoreña tiene verdaderos problemas para llegar a fin de mes, y si encuentra que tiene que pagar más para comer, es posible que pronto tendrá
que dejar de comer tres comidas al día. Los más vulnerables ante la crisis alimentaria siempre son los más pobres, aquellos que ni reciben remesas ni tienen alguien que les tienda una mano en El Salvador. Inclusive, los menos pobres, aquellos que reciben remesas, tendrán que hacer milagros para conseguir comer tres comidas al día.
Las causas de la crisis alimentaria son muchas. Entre ellas se menciona que países como China y la India se han vuelto suficientemente ricos para imitar el consumismo del primer mundo. Por ejemplo, en 1985 un chino promedio consumía 20 kilogramos de carne al año. En 2008, su consumoaumentó a 50 kilogramos. Igualmente, millones de personas a nivel mundial han visto mejorar sus condiciones económicas, y esto les ha permitido consumir más.
Caloría por caloría, se necesitan muchos granos para producir la carne, ya sea de cerdo, vacuno o pollo: Se necesitan tres kilogramos de cereales para producir un kilo de cerdo y ocho para producir un kilo de carne de vacuno. Otro ingrediente que agrava la situación es el hecho de que gran parte del maíz que iba para alimentar a personas y animales se está destinando para producir Etanol. En Estados Unidos, por ejemplo, en 2000, más de 15 millones de toneladas de maíz fueron convertidas en Etanol; este año, la cantidad sobrepasará las 85 millones de toneladas. Los costes para producir y transportar los productos, ya sean cereales u otros comestibles, se han elevado sustancialmente debido al alza de precio del petróleo. El barril de crudo ha sobrepasado los 120 dólares, y muchos expertos pronostican que un barril de petróleo podría alcanzar los 150 dólares a finales del 2008.
El presidente Saca ha creado una comisión multidisciplinaria de notables para tratar de encontrar soluciones a la crisis. El FMLN, el principal partido de oposición, sostiene que participar en dicha comisión es perder el tiempo ya que el Gobierno hace oídos sordos a las propuestas. Ciertamente, el Gobierno de El Salvador tiene un historial de crear comisiones de notables, y no implementar las recomendaciones. Solamente hay que señalar El Plan de Nación. Se hizo mucho ruido, pero las recomendaciones que se señalaron en ese plan han sido prácticamente archivadas.
El Salvador tiene que ser autosuficiente. A pesar de que el precio de los productos agrícolas está por las nubes, el campesino salvadoreño sigue perdiendo dinero. Sus productos no se venden a un precio competitivo. La ganancia se la lleva el comerciante que abusa de la precaria situación del campesino. Este abuso se debería detener de una vez por todas.
El agricultor salvadoreño, ya sea grande, mediano o pequeño, sigue cultivando como se cultivaba hace 100 años. Necesita modernizarse, y esto requiere un apoyo directo del Gobierno. El agricultor salvadoreño necesita tener acceso a créditos blandos, a técnicas y tecnologías modernas. Esto no puede esperar.

Pero más importante, el agricultor salvadoreño necesita tener la certeza de que sus productos se venderán a un precio que le permita ganar y seguir cultivando. Ningún agricultor del primer mundo se mete a cultivar a ciegas como lo hace el agricultor salvadoreño. Existen varios mecanismos para garantizarles a los agricultores que ganarán algo. Por ejemplo, en Estados Unidos, el agricultor siembra sabiendo cuánto le pagarán por su cosecha. Esto se llama “multi-year forward contracts”, o contratos futuros. Obviamente, esto requiere que el Gobierno y la clase política salvadoreña actúen y hablen menos. Las necesidades son urgentes.

El Gobierno de El Salvador y la clase política en general, tienen la obligación de buscar soluciones que garanticen un verdadero progreso. La familia salvadoreña que tiene problemas para pagarse tres comidas al día está perdiendo la paciencia.

miércoles, 21 de mayo de 2008

Salvadoreño Yo

Cuando escribí un artículo de opinión criticando la actitud del Presidente Francisco Flores durante los terremotos del 2001 en El Salvador, una lectora me envió un correo electrónico preguntándome quien era yo para criticar al Gobierno. Yo había escrito el artículo después de haber ayudado traer ayuda médica a Armenia y otros municipios de El Salvador desde Los Ángeles, California, y haber observado que el Gobierno estaba politizando la ayuda.

Recientemente, un lector, después de leer mi última columna sobre las acusaciones que implican al FMLN con la FARC, me preguntó: ¿Cuánto tiempo llevas en el Norte?

Los dos lectores, una persona que defendía al Gobierno y la otra que defendía al FMLN, estaban en su infalible derecho de cuestionar mis planteamientos sobre la realidad salvadoreña, sin embargo, por el tono de sus comentarios, se podría decir que ambos estaban intoxicados con la polarización que sufre el país.

A los salvadoreños que vivimos fuera muchas veces se nos acusan de tener una distorsionada idea de la realidad de El Salvador. Sin embargo, así como otras diásporas, nosotros tenemos la oportunidad de ver la realidad del país a través de otras perspectivas, libre de la intoxicación que frustra una verdadera concertación política en El Salvador.

Si cuento a primas y primos, gran parte de mi familia todavía vive en San Miguel. La otra parte vive en Estados Unidos, y la gran mayoría somos ciudadanos estadounidenses. Yo crecí en Estados Unidos, y vivé los últimos años de la guerra civil salvadoreña al pie del cañón de la televisión. Cada tarde, a las 6:30 P.M., el Canal 34 de Los Ángeles nos traía imágenes crueles de la guerra. Mi abuela llamaba cada semana. El día que se firmaron los Acuerdos de Paz, yo no entendía por qué los demás estudiantes en mi universidad no lo celebran. Era el día más feliz de mi vida. ¡El fin de la guerra!

Conozco a salvadoreños que llevan treinta años viviendo en España o Estados Unidos, y todavía anhelan con regresar a El Salvador. Miles de otros, a pesar de que tienen raíces profundas en otros países, se organizan para ayudar a sus comunidades en El Salvador, construyendo escuelas, clínicas, patrocinando a estudiantes con becas. Los salvadoreños que viven fuera leen los periódicos salvadoreños, escuchan la radio salvadoreña a través del Internet, y participan en foros para proponer ideas y soluciones a los graves problemas que afectan al país. Envían religiosamente remesas a sus familiares. Muchos han comprado nichos en sus pueblos para ser enterrado en suelo salvadoreño.

A pesar de todo esto, al salvadoreño que vive fuera se le niega sistemáticamente el derecho al voto; y muchos en El Salvador ponen en tela de juicio los motivos que mueven al salvadoreño que vive fuera a opinar y participar en la vida política, social y económica del país. Entonces, aquellos que vivimos fuera, nos preguntamos: ¿Salvadoreño yo?

Soy ciudadano estadounidense y residente legal en España (podría optar por la ciudadanía española). A ambos países (Estados Unidos y España), les estoy eternamente agradecido por las oportunidades que me han brindado. La gente que me conoce sabe que mi compromiso está con el pueblo salvadoreño, con la gente de a pie, con aquellos que no tienen voz porque sistemáticamente han sido marginado.

En El Salvador, muchos optan por poner etiqueta, y te califican de derecha si criticas a la izquierda, y de izquierda si criticas a la derecha. En un país intoxicado por la polarización, es difícil respirar aire nuevo. Y es aquí dónde los salvadoreños que vivimos fuera podemos aportar muchísimo a abrir un nuevo camino que nos ayude construir las bases de un verdadero progreso.

Pero eso será posible cuando el salvadoreño que vive en Los Ángeles, Houston, Washington, D.C., Estolcomo, Milán, o Madrid, empiece a decirle a los partidos políticos en El Salvador: ¡Basta ya de utilizarnos!

Si los partidos políticos en El Salvador no escuchan la voz de los salvadoreños que viven fuera, entonces, talvez ha llegado la hora de proponer un candidato desde fuera que represente los intereses de la comunidad salvadoreña en el exterior.

Eso requiere enmendar la Constitución de El Salvador a través de un referéndum propuesto por el pueblo salvadoreño, y no por los partidos políticos. Eso requiere que el salvadoreño que vive fuera aporte un dólar o un euro para lograr que su voz se haga escuchar en El Salvador sin tintes partidarios.

© 2008 Manuel García