A menos de una semana para las elecciones municipales y legislativas en El Salvador, la contienda electoral para ganar la Presidencia entra en la recta final. En la noche del 18 de enero, los salvadoreños sabremos si el primer poder del Estado tendrá mayoría roja o si se mantendrá el mismo balance político, es decir, ARENA y otros partidos de derecha manteniendo el poder legislativo.
En los últimos meses, como la mayoría de salvadoreños, he leído docenas de encuestas, incluyendo encuestas realizadas por prestigiosas casas encuestadoras, tales como la CID Gallup, Borges & Asociados, el Instituto de Opinión Publica de la UCA (IUDOP), entre otras, y todas le dan una clara ventaja a Mauricio Funes para la elección presidencial de marzo 15 del 2009. Si las encuestas están bien hechas, todo indica que la contienda a la Casa Presidencial ha terminado, y que el FMLN, gobernará el país en el quinquenio 2009-20014. Rodrigo Ávila de ARENA no levantó cabeza.
San Judas Tadeo es el santo de las causas perdidas, y Rodrigo Ávila debería rezarle para conseguir un milagro de última hora. No sé si San Judas Tadeo podría ayudarle porque ARENA ha hecho una campaña como que estuviese viviendo en la Guerra Fría, y en lugar de hablar del futuro, ha utilizado el mismo disco y canción de las últimas 4 elecciones presidenciales. 20 años pasan factura a cualquier persona o gobierno.
Aquellos dirigentes del FMLN que están comprando trajes nuevos en preparación para ocupar puestos en el Gobierno de Mauricio Funes, les pido que no se apresuren: queda mucho camino por recorrer. En todo caso, es importante que Mauricio Funes le diga al pueblo salvadoreño cómo logrará cumplir sus promesas. Ha llegado la hora de ser más preciso.
Si Mauricio Funes gana la Presidencia de El Salvador el próximo 15 de marzo, lo primero que debería hacer es dejar claro a los cortesanos en el FMLN que él es el Presidente. Esto es importante porque podría haber un Gobierno paralelo si no se ponen las cosas claras desde el principio. José Luís Merino, entre otros, lucharán para imponer su agenda política e ideológica en el Gobierno de Mauricio Funes. Por otra parte, Mauricio Funes está adquiriendo compromisos políticos con sus “Amigos”, personas que no necesariamente comparten las calenturas ajenas de los ideólogos en el FMLN. Existe otro tercer grupo, menos aparente, que también luchará para influir en el futuro Gobierno de Mauricio Funes: Areneros que están abandonando el barco como ratas. Estas personas se han beneficiado de los gobiernos Areneros, pero muy calladamente, han estado dando su apoyo a Mauricio Funes.
Luís XIV en Francia gobernó en un ambiente de intrigas y conjeturas. Mauricio Funes tendrá que hacer lo mismo, y tendrá que aprender rápido si en verdad quiere cumplir la tercera parte de lo que ha prometido. Hasta ahora, ha logrado mantener su ventaja en las encuestas, no por merito propio, sino porque el adversario está viejo y torpe, inflado como un sapo.
Le conceda San Judas Tadeo un milagro a Rodrigo Ávila o no, el futuro Gobierno de El Salvador necesitará, en los primeros 100 días, dar señales inequívocas a la comunidad internacional de que resolverá los problemas de los salvadoreños. Es decir, bajará sustancialmente la pandémica violencia que mata en promedio a 10 salvadoreños cada día; creará trabajos que ofrezcan la oportunidad a los salvadoreños de vivir en su propio país; y invertirá recursos en educación, salud, y transporte, para hacer de El Salvador un país comparable, por decir algo, con Costa Rica, país que nos sobrepasa en todos estos aspectos.
El próximo 15 de marzo, gane quien gane la Presidencia de El Salvador, talvez, los salvadoreños deberíamos hacer una oración a Santa Marta, el santo de las causas urgentes. Los salvadoreños urgentemente tenemos que creer en nuestra gente, en sus posibilidades de salir adelante. Urgentemente tenemos que saber de que los políticos hacen promesas sin saber cómo las cumplirán, o mejor dicho, porque saben que no las cumplirán. Urgentemente tenemos que exigir más de nuestra clase política.
© 2009 Manuel García
El Blog El Salvador Posible busca aportar ideas y soluciones a los grandes desafíos que afronta el pueblo salvadoreño. Al decir pueblo salvadoreño, se incluye a la diáspora salvadoreña como parte integral de la nación salvadoreña.
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jueves, 22 de enero de 2009
¡Es Hora que Nos Pongamos a Trabajar!
Mi abuelo decía que todo el mundo tiene que trabajar, la gente tiene que beneficiarse de su trabajo, y el trabajo del campo es importante. Él cultivaba algodón, maíz, y hortalizas. Antes que saliese el sol, mi abuelo estaba trabajando.
La muerte de mi abuelo supuso grandes transformaciones en mi familia. Mi abuela cogió las riendas de la familia, y sus hijos, ya mayores, no tomaban iniciativa alguna para salir de la pobreza. Al contrario que mi abuelo, que un verano sembraba pepino, el próximo sandía, mis tíos seguían al sol y los caprichos de la naturaleza. El terreno que mi abuelo les dejó, se estaba volviendo páramo, descuidado, y con la inercia del viento, solamente sembraban maíz y yuca, dos veces al año. Si se contaban todos los días del año, mis tíos se pasaban cuatros meses sin pisar la tierra.
No sería exagerar si digo que en la familia salvadoreña existen personas que trabajan y otros que se pasan maldiciendo al cielo por su destino. Yo tengo presente el consejo de mi abuelo, quien decía que es posible mejorar, que uno tiene que visualizar las oportunidades, y que trabajando honestamente, poco a poco, se puede salir adelante. Además, el trabajo dignifica a la persona, le hace sentirse útil.
Cada familia salvadoreña tiene un abuelo/abuela que le recuerda que todo el mundo tiene que trabajar y que la gente tiene que beneficiarse de su trabajo. Desgraciadamente, los salvadoreños, especialmente los jóvenes, en una cultura de consumismo y de derroche, de la vida fácil, podrían olvidar la importancia del sacrificio, de la superación personal para salir adelante. Muchos jóvenes ven en su entorno, ya sea el entorno político o social, que muchos viven del cuento, es decir, esperando enriquecerse fácilmente. Otros esperan que les caigan tamales del cielo, y les echan culpa de su situación a otros, cuando en realidad son ellos mismos dueño de su propio destino.
Las instituciones, tales como la familia o las escuelas, deberían inculcar la ética del trabajo, de la honestidad y el sacrificio a los jóvenes salvadoreños.
El éxito de cada persona a ser autosuficiente mejora la sociedad en general. Mi abuela, llevando las riendas de la casa, cada vez que podía, trataba de motivar a sus hijos y nietos relatando la historia de una tal persona, que era más pobre que los pobres, quien llegó a ser doctor después de tantos sacrificios, ya trabajando cortando algodón o de albañil, para pagarse los estudios. Pero tal historia de sacrificio para conseguir el éxito era como novelas de hadas en los oídos de mis tíos y primos.
Mi familia en El Salvador, como otras miles, en gran medida sobrevive por las remesas que recibe de Estados Unidos. Nadie ha llevado la cuenta de cuánto dinero se ha enviado a El Salvador desde que mis padres llegaron a Los Ángeles a principios de los ochentas. Pero son miles de dólares que solamente han menguado la pobreza extrema. Últimamente, el flujo de las remesas se está secando como un oasis en el desierto. La crisis financiera en Estados Unidos, el aumento del desempleo, hará que mi familia optimice mejor su ayuda a los familiares en El Salvador. Principalmente, el enfoque será para ayudar cultivar el terreno, especialmente sembrar hortalizas para no tener que ir a comprar cuatro tomates a un $1.00 en el mercado de San Miguel. Sin embargo, de antemano se sabe que es poco el control que se puede tener enviando dinero a El Salvador.
Estoy convencido de que las remesas han creado una nefasta dependencia en mis familiares en El Salvador. No existe ningún esfuerzo para salir adelante. La ayuda se ha malgastado en un consumismo irracional, por ejemplo, un teléfono celular para el primo, una moto para el otro, y un coche para el tío.
Al no recibir ninguna ayuda desde Estados Unidos, talvez escucharán el consejo de mí abuelo: Todo el mundo tiene que trabajar, la gente tiene que beneficiarse de su trabajo, y el trabajo del campo es importante.
© 2008 Manuel García
La muerte de mi abuelo supuso grandes transformaciones en mi familia. Mi abuela cogió las riendas de la familia, y sus hijos, ya mayores, no tomaban iniciativa alguna para salir de la pobreza. Al contrario que mi abuelo, que un verano sembraba pepino, el próximo sandía, mis tíos seguían al sol y los caprichos de la naturaleza. El terreno que mi abuelo les dejó, se estaba volviendo páramo, descuidado, y con la inercia del viento, solamente sembraban maíz y yuca, dos veces al año. Si se contaban todos los días del año, mis tíos se pasaban cuatros meses sin pisar la tierra.
No sería exagerar si digo que en la familia salvadoreña existen personas que trabajan y otros que se pasan maldiciendo al cielo por su destino. Yo tengo presente el consejo de mi abuelo, quien decía que es posible mejorar, que uno tiene que visualizar las oportunidades, y que trabajando honestamente, poco a poco, se puede salir adelante. Además, el trabajo dignifica a la persona, le hace sentirse útil.
Cada familia salvadoreña tiene un abuelo/abuela que le recuerda que todo el mundo tiene que trabajar y que la gente tiene que beneficiarse de su trabajo. Desgraciadamente, los salvadoreños, especialmente los jóvenes, en una cultura de consumismo y de derroche, de la vida fácil, podrían olvidar la importancia del sacrificio, de la superación personal para salir adelante. Muchos jóvenes ven en su entorno, ya sea el entorno político o social, que muchos viven del cuento, es decir, esperando enriquecerse fácilmente. Otros esperan que les caigan tamales del cielo, y les echan culpa de su situación a otros, cuando en realidad son ellos mismos dueño de su propio destino.
Las instituciones, tales como la familia o las escuelas, deberían inculcar la ética del trabajo, de la honestidad y el sacrificio a los jóvenes salvadoreños.
El éxito de cada persona a ser autosuficiente mejora la sociedad en general. Mi abuela, llevando las riendas de la casa, cada vez que podía, trataba de motivar a sus hijos y nietos relatando la historia de una tal persona, que era más pobre que los pobres, quien llegó a ser doctor después de tantos sacrificios, ya trabajando cortando algodón o de albañil, para pagarse los estudios. Pero tal historia de sacrificio para conseguir el éxito era como novelas de hadas en los oídos de mis tíos y primos.
Mi familia en El Salvador, como otras miles, en gran medida sobrevive por las remesas que recibe de Estados Unidos. Nadie ha llevado la cuenta de cuánto dinero se ha enviado a El Salvador desde que mis padres llegaron a Los Ángeles a principios de los ochentas. Pero son miles de dólares que solamente han menguado la pobreza extrema. Últimamente, el flujo de las remesas se está secando como un oasis en el desierto. La crisis financiera en Estados Unidos, el aumento del desempleo, hará que mi familia optimice mejor su ayuda a los familiares en El Salvador. Principalmente, el enfoque será para ayudar cultivar el terreno, especialmente sembrar hortalizas para no tener que ir a comprar cuatro tomates a un $1.00 en el mercado de San Miguel. Sin embargo, de antemano se sabe que es poco el control que se puede tener enviando dinero a El Salvador.
Estoy convencido de que las remesas han creado una nefasta dependencia en mis familiares en El Salvador. No existe ningún esfuerzo para salir adelante. La ayuda se ha malgastado en un consumismo irracional, por ejemplo, un teléfono celular para el primo, una moto para el otro, y un coche para el tío.
Al no recibir ninguna ayuda desde Estados Unidos, talvez escucharán el consejo de mí abuelo: Todo el mundo tiene que trabajar, la gente tiene que beneficiarse de su trabajo, y el trabajo del campo es importante.
© 2008 Manuel García
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